MIENTRAS TANTO EN ALEPO...

Quizás a ti, como a mí, estos días te parezcan particularmente difíciles y  te estés cuestionando o estés reflexionando, sobre la necesidad de desconectar de las redes sociales por un tiempo. Esa disyuntiva entre estar desinformados durante una temporada para focalizar nuestros pensamientos en algo que nos haga olvidar esta sociedad anestesiada en la que vivimos; o bien, tomar conciencia de lo que sucede a nuestro alrededor. Desde luego, está claro que debemos hacer algo, pues las recientes imágenes que nos llegan desde Alepo no pueden dejarnos indiferentes, y el abatimiento y la pesadumbre, no salen de nuestra mente con facilidad.

Desde muy pequeña, he notado que la violencia causa un efecto muy notorio en mi persona. No digo que yo la sienta más que nadie (de hecho si estás aquí, es porque esto te importa y no te pasa inadvertido, lo sé), pero lo cierto es que siento que me afecta demasiado. Recuerdo perfectamente, fotograma a fotograma, la primera pelea que vi en mi vida y las repentinas náuseas que sentí, las ganas de vomitar inmediatas después de esa imagen. Recuerdo perfectamente ese partido de la Selección española contra Holanda, la famosa final del mundial. Lo que suponía que iba a ser todo un acontecimiento, que tenías que ver sí o sí, para mí fue el espectáculo más violento y con más vítores al mismo tiempo, que yo haya presenciado en toda mi vida. Y no me pasa inadvertida, ni mucho menos, la un poco más sutil violencia mediática a la que nos enfrentan cada día desde los medios de comunicación. La violencia sexista, de clase, de estado, y mil formas más para poder colarse en tu casa sin que te dé tiempo a parpadear.

Entrar un día en Twitter y ver una imagen de un padre con el horror en su rostro, con una expresión de dolor infinita, tatuada, sosteniendo a su hijo muerto en Alepo, a mí ya no me pasa inadvertida. Sé que a ti, tampoco. Desde el jueves por la noche no me la quito de la cabeza. Y me da mucho que pensar. Pienso en lo afortunados que son aquí los niños y en nuestras quejas ridículas e inexplicables desde el contexto del horror. Al día siguiente, mis alumnos se quejaban de lo típico en estas fechas, los exámenes. Y yo, todo el día me quejé del trabajo. Y como yo, todos nosotros, claro está... Es la idea del contraste entre nacer en un lugar del mundo o en el otro.

Y mientras tanto en Alepo...


Vista aérea de Apelo (Pixabay)


Por si esto fuese poco, los vídeos virales de los ciudadanos sirios despidiéndose de la humanidad, esa humanidad que ha perdido todo lo que tenía de humana, se agolpan en las redes para recordarnos que nuestros problemas no lo son tanto al lado de los suyos propios. A mí, en lo particular, me da igual si es un montaje, pues esto no deja de entrever una realidad que habla más de nosotros mismos, que del conflicto sirio. Ver, sin mirar nada.

He sentido vergüenza, la verdad, al ver estas imágenes y ahora entiendo el porqué. No la he sentido por no hacer nada, pues en mi humilde manera he colaborado no para que la situación en Alepo cambie, pero sí he ayudado dentro de mis posibilidades para que mejore si esto es posible. He sentido vergüenza, porque la falta de empatía comienza por nosotros mismos. No se puede entender esa imagen de ese padre destrozado, si te estás quejando todo el día de que tu hijo no duerme, o no come la comida, o le dan berrinches. No se puede, si estás todo el día quejándote de que los niños tienen muchos deberes. No, si eres maestro y te quejas de que tienes mucho trabajo, del sistema educativo, de la burocracia, etc. Es que en otro lado del mundo, los niños mueren.

Con esto no quiero decir que nuestros problemas sean menos. Cada quien vive sus preocupaciones con todo el sentimiento y lo que para uno es una tontería pasajera, para otro es todo un tormento. Y evidentemente hay un problema con los deberes, en tanto en cuanto, le importa a la ciudadanía y hay un problema importante con este sistema educativo; pero lo cierto es que me ha dado vergüenza, echar una mirada a nuestra sociedad, así en conjunto, con nuestras preocupaciones diarias. Y me he llevado este sentimiento al trabajo. 

¿Cómo enseñar matemáticas o inglés? ¿Cómo enseñar cualquier disciplina o conocimiento sin mostrar los pilares básicos de una convivencia pacífica, de la importancia de la empatía, de la necesidad de implicación, de cohesión que tanto necesita nuestra especie? 

Siento que este es un momento de inflexión. Siento que estoy equivocando mi camino. ¿Para qué tanto estándar de aprendizaje si no consigo que ellos, que son nuestro futuro, nuestra esperanza, no caigan como yo en el círculo vicioso de ver la vida ajena desde la comodidad del sofá de casa? 

Es necesario despertar, desligarnos de nuestras rutinas y afrontar este tipo de acontecimientos desde la reflexión y desde la empatía. Debemos educar en este sentido o si no, estamos perdidos. Creo, con toda honestidad, que estamos confundiendo las prioridades en el aprendizaje. Y no me refiero a la educación especializada o específica para el camino laboral, me refiero a la base. Si en la base del camino educativo de un niño, no enseñamos que lo que pasa en otros países también es nuestra responsabilidad, que lo que le sucede al vecino no debiera pasarnos inadvertido, que el sufrimiento de un ser humano siempre es compartido; ésta no será una sociedad mejor. Y no lo será nunca, por más trabajo competencial que desarrollemos, si no formamos para ser competentes, lo primero, como personas. Además, esto no es cuestión de escuela, colegio, instituto o familia. Esta una labor que debería encontrar el consenso en el conjunto de todos estos elementos. Para crear una sociedad mejor, deberá haber acercamiento entre las partes.

Vistas de Ruhayba, Siria.


Últimamente se está hablando mucho en los medios de pacto educativo, sobre quién debería participar o tener protagonismo, sobre qué temas deberían ser abordados o tratados en este pacto. Bien, yo hoy me voy a postular por algo muy simple. Antes de empezar, consenso en lo que es prioritario. Si analizamos la sociedad del momento, ¿qué necesito para educar? A mí no me parece normal, que por imperativo legal tenga que trabajar la historia del genocidio nazi, y no esté obligada a educar en la consideración con el pueblo sirio.

#YoNoMeHabitúo


Lo llevo diciendo por activa y por pasiva, #YoNoMeHabitúo (pinchando el hashtag podrás saber más sobre habituación y medios de comunicación, la anestesia del S. XXI) a ver la violencia y el horror entrar en mi casa todos los días como si del vecino se tratara. Y no me habitúo tampoco a que a nuestra infancia le sea indiferente. Lo he escrito en redes, y desde este blog, esperando que llegara a la mayor porción de personas posible, la verdad que con muy poco resultado. Si una entrada de cualquier blog comienza por X maneras de, o X aplicaciones para, o X consejos que te ayudarán; esto es un éxito garantizado, pero no se te ocurra hablar de lo que pasa en Alepo. Lo he comprobado. Mis entradas menos visitadas son estas mismas. Y lo siento, pero es necesario despertar ya de esta anestesia. La habituación se cuela en nuestras casas y poco hacemos para detener este proceso. Es necesario reflexionar con los niños sobre la sociedad actual y sobre su fracaso en lo humanitario, porque a fin de cuentas, poco podemos hacer los adultos para mejorar este sistema de comunicación, que nos habitúa a asimilar la violencia como cotidiana.

Dejémonos de quejas y de enfrentamientos. Hay una sociedad por mejorar para un nuevo futuro, el de los nuestros. Hagámosolo bien, al menos desde nuestras posibilidades. #YoNoMeHabitúo a ver violencia, #YoNoMeHabitúo a ver la guerra y la desolación, y no quiero que la infancia que educo lo haga tampoco.


La violencia, sea cual sea la forma en que se manifieste, es un fracaso.

Jean Paul Sartre.


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